domingo, 6 de agosto de 2017

La Pizarrera y sus fiestas. Una breve historia I (1989 - 2000)


El pasado 28 de julio fue nuestro nuevo fin de semana de fiestas, agradables, fabulosas y entrañables, como afortunadamente es costumbre. Ha sido a raíz de dos conversaciones con distintos amigos, en las que coincidimos en la satisfacción que sentíamos de ver la evolución y la fuerza con la que las fiestas han arraigado en nuestra pequeña aldea, y cómo las distintas generaciones de residentes y los nuevos jóvenes y peques están tan comprometidos a la vez que disfrutan de algo que les quedará para siempre como una impronta en su memoria.

Y es que los colonos del lugar seguramente recordarán aquellos tiempos en los que nuestra Pizarrera era un lugar casi deshabitado, en el que no existían servicios que ahora nos parecería imposible no tenerlos, como por ejemplo el teléfono. Un sitio en el que poco se podía gestionar porque ni tan siquiera existía una Junta Rectora legal constituida, aunque un grupo de vecinos ya estaba en marcha para poner un poco de orden en ese caos inicial de promotoras y obras de dudoso acabado. 

A finales de los 80, aquella "proto-junta" ya había conseguido convencer a un grupo de vecinos de que había que crear una comunidad de propietarios y pagar, de manera unilateral, una cierta cuota mensual contributiva que permitiría, a través de un cierto asociacionismo,  litigar con el ayuntamiento de Valdemorillo. Hacia los que no participaban, actuaban de manera contundente cuando les venían a pedir apoyo para sus problemas, despachándoles con una pregunta retórica: “¿Estás pagando tu cuota? pues defiéndete solo”. Pero no sólo pensaban en los temas prácticos de la urbanización, como el mantenimiento de la infraestructura o cómo reclamar esas obras mal terminadas, también se preocupaban de un cierto ambiente social propicio, y lo que durante algunos años había sido refrescos, bocadillos y una carrera de sacos para los niños un sábado de verano, en la esquina de Río Cinca y Avenida de la Pizarrera, se convirtió en unas más que humildes fiestas, hechas con más ilusión que medios, pero que tuvieron una aceptable acogida . Corría el año 89 y La Pizarrera fue testigo de su primera fiesta "formal".  Nótese debajo del cartel de los concursos la lista de colaboradores y el dinero que cada uno aportaba.

Mucha imaginación y pocos medios, nada de orquestas ni discotecas, si acaso unos juegos, un poco de baile con un “cassete”, los disfraces y el que fue siempre tradicional concurso de Tartas y Tortillas. Y todo en la calle, claro.
























Y aunque años después, Fimacosa, propietaria del cerrado Club Social, comenzó a cedérnoslo para el “día grande”, el problema seguía siendo, como todo en aquellos primeros años, el que no hubiese dinero para nada y menos para unas fiestas, así que todo dependía de la buena voluntad de los vecinos que aportaran algo para los pequeños gastos que se generaban, así como lo que cada cuál quisiera traer. 




Y como esto comenzaba a ser ya una tradición no quedó más remedio que recabar dinero, así que durante muchos años, los grupos de jóvenes iban llamando puerta por puerta solicitando "la voluntad"  para poder celebrar las fiestas. Seguramente gracias al tesón y al compromiso de aquellos chavales la celebración de las fiestas no cayó en el olvido ¡¡gracias chicos!!









Poco después, gracias a una hábil negociación, el Club Social pasó a ser propiedad de los vecinos  y, aunque cerrado, pudimos comenzar a utilizar la piscina y el espacio común para las fiestas. Un salto cuántico.





Obsérvese en la siguiente foto el detalle de la fina estampa que tenía nuestro buen Mohamed en el año 98. Los signos del tiempo están en nosotros.




Por aquel entonces, el dinero que se recaudaba de la venta de bebida y comida se invertía en el aumento de infraestructuras de ocio, así fue como se construyó el campo de fútbol y parte del parque que hay junto a la piscina. En el año 99, las desavenencias por la falta de presupuesto estable provocaron una pequeña rebelión en la que la Comisión de Fiestas se negó a realizar una celebración formal y los eventos, exclusivamente pensando en los chavales, se trasladaron al Campo de Fútbol reclamando justamente eso, un presupuesto estable dentro de las ya suficientemente saneadas cuentas que teníamos.  





Fue el año previo a la aprobación del presupuesto cuando las fiestas cogieron el carácter que, con mayor o menor forma, han dado continuidad a lo que todos esperamos año tras año. Como la paella popular. Eso sí, agujero en el suelo, leña y fuego y buenos cocineros.






Y por fin, en la Asamblea General del 2001, el esperado presupuesto fue aprobado. Pero de esa historia  y cómo transformó el panorama de fiestas, hablaremos en el próximo post


¡¡Hasta pronto!!

viernes, 31 de enero de 2014

Trastorno bipolar literario




Me reconozco un trastorno bipolar literario grave con una bulimia que me produce la misma sensación que el que vive cerca de una nevera, actualmente, por ejemplo, inicio la mañana con ocho o diez páginas de Aguardando al Año Pasado (Phillip K. Dick) que me engordan una barbaridad la imaginación y me producen truculentas pesadillas de alternativos y oscuros mañanas, aunque una píldora de El Peregrino Ruso me compensa y me mantiene con la adición bajo control.  No suelo picotear entre horas, al estar fuera de la despensa literaria durante todo el día, salvo algún post suelto de gente a la que admiro, pero al llegar a casa llevo un hambre feroz, que intento despistar con algún tomo de filosofía,  incluso la Biblia, la Gita u otro libro de cabecera del género humano me modera bastante el apetito; también me reconozco culpable de grave alteración psicosomática por no utilizar lectura en el excusado, pero a veces atrapo algún artículo de crítica social de Moncho Alpuente que me libera un poco del sentido habitual de culpabilidad por no llevar a cabo la tradición social de leer en el trono de la casa. Lo peor es cuando llega la noche, ya que devoro la dulce cena del existencialismo, actualmente con la Cucaña de La Libertad (J.M. Cabodevilla), maravilloso paliativo para la angustia vital que me acosa tras los libros. Ahí está también, llamándome a gritos desde la mesilla, La lluvia amarilla (Llamazares). Lo que peor me sienta yo creo es el cambio de dieta, pues las mañanas de fin de semana unto la tostada con Obras Completas (Pseudo-Dionisio Aeropagita ) e Himno del Universo (T. de Chardin), que altera mi metabolismo psicológico hasta preguntarme si tengo que ir al psiquiatra o al dietista, afortunadamente para la tarde entretengo de nuevo el dulce sueño de la inconstancia con una conversión a electrónico de Ecotopía (Callenbach), una joya en peligro de extinción.

Claramente, mis episodios esquizoides necesitan atención literaria urgente, una cura de homogeneidad y constancia en los temas y, a mi juicio, quizás algo más de ficción, así que he planeado para este verano darme un atracón con la extensa colección de K. Dick, eso me disciplinará, y si no, me temo que tendré que buscar el dulce sueño de Prozac.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La Cucaña de la Libertad






Me sorprende gratamente comprobar de qué modo algunas estructuras de pensamiento están vigentes por el simple hecho de perseguir y, sin duda, conseguir expresar verdades sencillas, esas que se encuentran desde siempre en el corazón de los hombres y que evitan constantemente ser sofocadas por axiomas o conceptualizaciones subrepticias. José María Cabodevilla escribía en 1977, hace más de treinta y cinco años, un tratado sobre la libertad cuyos postulados parece que se adelantaron a su tiempo, describiendo hechos y circunstancias que podemos percibir dentro de una tecnocracia cada vez más globalizada. La Cucaña de la Libertad narra la recurrencia de las aspiraciones del ser humano por describir y manifestar esas ansías que nunca llegan  pero cuya pugna por conseguir el equilibrio necesario entre la individualidad y la colectividad le conducen a crear sistemas políticos y sociales con los que poder establecerse por encima de cualquier totalitarismo, experimentando la eterna polaridad entre la ambición personal y el bien colectivo.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Adiós al transporte público





A veces da la sensación que existe oportunismo social al comprobar cómo en núcleos residenciales con políticas presupuestarias homogéneas y sin grandes dispendios aparecen, como por arte de magia, decisiones salomónicas derivadas de la crisis. Por ello, cabe sospechar, sin pruebas que lo soporten, que algunos recortes obedecen simplemente a la sencillez de actuar en estos tiempos, algo que hace dos o tres años era impensable. Y si no, ¿cómo se explica esta teoría de las proporciones inversas que, como en una matemática perversa, cuanto más se suben los impuestos más se reducen las prestaciones sociales?. La última decisión, que sin duda obedecerá a razones de peso, es la de suprimir el más que raquítico servicio de transporte público de las urbanizaciones con el núcleo urbano de Valdemorillo, dejando a vecinos, principalmente gente mayor y adolescentes, a expensas de la caridad de los vecinos.
De nuevo  nuestra clase política demuestra oportunismo, falta de imaginación y prioridades en el gasto y la inversión que socaban el estado del bienestar y las necesidades más básicas de sus ciudadanos, entre los que se encuentran, además, sus votantes, dando muestras de que la tan anunciada con toda presunción como “generación JASP”  del partido en el gobierno (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados) era una quimera, demostrando que les falta madurez e iniciativas, y es que es más sencillo gobernar cuando el dinero entra y sale con fluidez y las líneas de crédito funcionan de maravilla.
Y mientras, el Consorcio Regional de Transportes hace agua, agobiado hasta la extenuación por las faraónicas obras de infraestructura de las grandes líneas de transporte, en las que Metro se lleva la palma, con líneas ruinosas construidas para darle al ciudadano lo que pedía , aunque no estuviera a la altura del bolsillo de los madrileños, en este sentido, quién no recuerda a la tuneladora y los arrogantes anuncios que nos decían en televisión que teníamos el mejor metro del mundo.
Pues ahora ya no tenemos nada, ni una carretera digna, ni una línea de transporte, ni alumbrado público en condiciones. Los vecinos de mi urbanización se conformarán con seguir siendo honrados ciudadanos que paguen sus impuestos (cada vez mayores) y mantengan con sus fondos comunitarios la infraestructura de la comunidad en la que habitan. Pero no se consuela el que no quiere, y pienso que siempre nos quedará salir a la carretera y hacer autostop, porque nada funciona mejor en épocas de miseria que la caridad del prójimo.

Adiós, autobús público.
 

¿Cómo hemos derrochado en transporte?

jueves, 17 de octubre de 2013

Goethe y el poder de la imaginación


 "Mientras no nos comprometamos, todo es vacilación, duda y posibilidad de retroceso. Hay una verdad elemental, en lo que concierne a los actos de iniciativa y creatividad, cuya ignorancia acaba con las ideas y los planes más espléndidos, y es que cuanto mayor es nuestro compromiso, más pasos adelante da la providencia en la misma dirección. Entonces todo parece constelarse para ayudarnos. Es como si nuestra decisión provocase ocasiones, encuentros imprevistos y apoyos materiales a nuestro favor con los que antes no hubiéramos jamás soñado. Empieza, pues, aquello que crees o que sueñas que puedes hacer. La audacia tiene genio, poder y magia"

Estas palabras de Goethe quizás sigan tan vigentes como el día en que se enunciaron, especialmente en los momentos en los que la oscuridad de un futuro incierto se cierne sobre nosotros. Probablemente haya llegado un tiempo en el que los actos de voluntad unidos a la imaginación sean la clave esencial para crear un futuro distinto, para encontrar la salida a este galimatías en el que nos hemos metido. Y es que nunca se sabe en qué lugar resurgirá el ave fenix.




Dejo aquí este video, es todo un clásico que muchos conoceréis, muy entrañable para poner el punto 
final a las palabras del escritor ... 







lunes, 10 de junio de 2013

Sociedad Procrastinada



Al igual que el sueño de la razón podríamos hablar de toda sociedad y de toda cultura  a lo largo de la historia de la humanidad, aunque quizás, el tamaño, forma y daño de esos monstruos sea proporcional a  la suma de sus individuos sanos. Algo anómalo ocurre en esta sociedad occidental, bajo esta era de la comunicación instantánea en la que Internet se ha convertido en un medio y un fin en el que todo se mueve y sobre el que se retroalimentan conceptos, ideas y valores construyendo un substrato peligrosamente intoxicado a través del cual las nuevas generaciones desarrollan sus principios y sus bases de pensamiento.
Sin duda, a golpe de click, bajo la volatilidad de la idea que no se afianza del todo, y de la tarea que no se sabe o no se quiere concluir, se va hilvanando una nueva sociedad en la que lo más sencillo se pone en funcionamiento dejando de lado lo importante, como una tarea recurrentemente procrastinada por su dificultad o por la ansiedad colectiva que produce.
Nada hay peor que ver cómo nuestros responsables políticos, sociales, económicos e intelectuales, esto es, aquellos que de un modo u otro tienen un determinado poder de influencia en las vidas y el futuro de todos, navegan cada vez más en las aguas de la más infame frivolidad, reinventando conceptos vanos y olvidando la sagrada tarea de educar y de ser elementos transmisores de una identidad cultural que dé garantía de continuidad a las futuras generaciones. Y mientras, bajo esta incertidumbre, mientras todos dejamos lo esencial y nos esforzamos por lo innecesario, un nuevo monstruo crece, y su voracidad no tendrá fin.